Dedicado a Juan Ignacio: "Otoño en Madrid"

2 jun. 2014

POR LA ELIMINACIÓN DE LOS SIMBOLOS FRANQUISTAS




Se va.
Juan Carlos I dice que se va.
Aunque la dinastía borbónica se perdura a sí misma en la figura de Felipín, ahora con número adicional unido inexorablemente a su nombre de pila.
El sexto de los Felipes, que hubiera dicho Quevedo.
Siglos, creo, que han pasado desde que Franco restauró la monarquía como forma de gobierno de España.
Fue el 22 de julio de 1969; ese día Juan Carlos de Borbón jura ante las cortes franquistas  “guardar y hacer guardar las leyes fundamentales del Reino y los principios que informan el Movimiento Nacional”. En realidad, ya hacía 6 años que el joven príncipe –que no heredero– se había instalado en España acompañado de su reciente desposada, Sofía de Grecia, y de la mano del entonces Caudillo de todos los Españoles.
Por refrescar la memoria: el chaval Juan Carlos, nunca fue Príncipe de Asturias como correspondería al heredero del trono, ya que su papaíto no le cedió tal honor. Claro que, resulta difícil digerir el ser traicionado por tu propio hijo; hecho que se produjo el 5 de marzo de 1966 cuando éste, sorpresivamente, no se presentó en Estoril a una reunión propiciada por viejos monárquicos, donde se pretendía ensalzar al Conde de Barcelona como heredero de la corona de España.
Apuñalar a tu padre queda feo.
Juan Carlos y la griega pasaron a ser Príncipes de España por obra y gracia “del dictador”.
El 22 de noviembre de 1975 se convierte en Rey, jurando nuevamente la lealtad al Movimiento Nacional. Y hasta hoy.
Desde ese día hemos visto caer uno tras otro los nombres en calles y plazas de los héroes que dieron su vida por una España mejor, siendo sustituidos en algunos casos por los de sus asesinos. Así, donde hubo una estatua de José Antonio, se colocó una de Largo Caballero, uno de los firmantes de su pena de muerte. Los nombres de patriotas se sustituyeron sin ningún pudor por los de reconocidos apátridas e incluso algún genocida.
Tras las calles, llegó el turno a los monumentos y tras los nombres propios, a los hechos gloriosos.
Desafortunadamente para el pueblo español, aquel ansia de revanchismo no iba a quedarse tan solo en lo que para algunos defensores del “talante” es considerado como anecdótico y , tras las estatuas y las calles, comenzaron a meterle mano a la obra social del régimen fenecido.
El trabajo comenzó a ser considerado poco menos que un lujo y se convirtió en la principal herramienta de chantaje al obrero por parte de las oligarquías emergentes. Trece reformas laborales desde la caída de la “dictadura” han dejado al trabajador español a los pies de los caballos con la complicidad de los “nuevos” sindicatos amarillos.
De la soberanía nacional, mejor ni comentamos. Sencillamente, no existe. Pasó a la historia como cualquier calle del franquismo y hoy somos los lacayos de lobbys económicos que nombran o sustituyen presidentes en Europa ya sin ningún disimulo. España se ha convertido en el felpudo del BCE.
La unidad de España, aquello con lo que tanto hacía chistes la progresía de salón; aquello de Una, Grande y Libre ya no hace reír a nadie. Más que a los separatistas. Porque España nunca ha estado en un riesgo tan real y próximo de desaparecer como en la actualidad.
El tejido industrial español, importantísimo en la década del desarrollismo económico, competitivo y de calidad, motor de la nueva España que se situaba por meritos propios entre las diez naciones más prósperas del mundo, fue deliberadamente hundido para entregar su mercado a la competencia de otras naciones “amigas”.
Y dejo para el final la ruina moral de un pueblo, el español; antaño orgulloso y hoy derrotado y vencido, que asiste impasible a su desaparición.

Por todos estos motivos, hoy levanto mi voz para gritar con toda la fuerza de mis pulmones: ¡¡¡ DESAPARICION DE TODOS LOS SIMBOLOS FRANQUISTAS YA!!!

Ya que acabasteis con todo, llevaros el último que queda. LOS BORBONES, A LA MIERDA.


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