Dedicado a Juan Ignacio: "Otoño en Madrid"

24 jul. 2013

BREVES RETAZOS HISTORICOS DE LOS BORBONES Y SUS AMISTADES EN ESPAÑA (III)




"El país de Don Quijote, gracias a la monarquía de los Borbones, se ha convertido en el asno de Sancho Panza: glotón, cobarde, servil, incapaz de ninguna idea que exista más allá de los bordes de su pesebre".
 
                                                                                Vicente Blasco Ibáñez


 

Napoleón en su exilio de Sta. Elena, reflexionando acerca de los errores cometidos, lamentaba como su gran error, más allá incluso de la derrota sufrida por el invierno ruso, la guerra de España. Para los historiadores del Emperador ha sido siempre un problema oscuro cómo, este hombre de pensamiento clarividente, pudo emprender tan desastrosa campaña.

Tal vez como españoles, objetivamente y no desprovistos de cierta maldad, deberíamos llamar la atención sobre la perniciosa proximidad que tuvo el genial Corso hacia el mayor trilero de la historia de España y auténtico inventor del “campechanismo “: el séptimo de los Fernandos. ¿ Qué contaría , qué visión tenia de “su “ pueblo o qué tipo de información compartió con Napoleón para ser capaz de vender la moto a tan notable personalidad histórica?.

No resulta difícil imaginar al, en aquel momento, hombre más poderoso del mundo, mirando de soslayo a aquel bufón que ponía precio a la corona de España como si ésta - España - fuera de su propiedad mientras suplicaba ser desposado con cualquier mujer de la familia del Emperador. Juzgando razonablemente al pueblo español por los reyes miserables que venía tolerando, lo creyó un pueblo envilecido y cobarde y se lanzó a una invasión fatal para él.

Tal es la capacidad para el engaño, la felonía y la traición, la de esta dinastía, los borbones, que se cuenta que en sus momentos de aburrimiento, Fernando el primer campechano, asía una guitarra y cantaba una coplilla mientras con sus orondos dedotes retorcía las cuerdas en busca del son, ante su coro de lameculos reales. La copla decía así: “Este narizotas cara de pastel a blancos y negros los ha de joder“. Obviamente, el narizotas de cara de pastel era él mismo, pues este era el nombre con el que el pueblo lo reconocía. Los liberales eran los “negros“ y sus propios partidarios absolutistas, eran los “blancos“ . Este hecho resume, tanto la natural capacidad borbónica para la traición, como su desaprensivo instinto para reírse de todos.
Antes de que el pueblo lo conociera mejor y pasase a la historia como la rata vil que fue, era considerado por sus biógrafos como un “joven monarca simpático, chistoso y con facilidad para la frase ingeniosa“.
Lo que hoy día llamaríamos, un campechano.

Su bisnieto Alfonso XIII, abuelo de la actual cabeza coronada, era tan, tan parecido a él, que en la corte le llamaban “Fernando VII y pico“.
El último de los Alfonso hasta la fecha, era todo un precursor, diseñaba sus propios uniformes y su ropa deportiva. Tan estrambóticas fueron sus equipaciones de polo, que la Casa Real  prohibió la reproducción en los periódicos de la época de fotografías de su majestad practicando la citada disciplina deportiva cuando constataron la hilaridad que provocaba entre los lectores. Se cambiaba de traje y uniforme de cuatro a cinco veces al día y era muy aficionado a discutir sobre estrategias de batallas famosas con sus generales más allegados. De esa pasión (y absoluta ignorancia militar) por la estrategia es muy probable que llegaran las estrepitosas derrotas que marcaron su reinado, tales como el desastre de Annual.
Pero si hay un rasgo que definía a la perfección al rey Alfonso, ese era... la simpatía.
Alfonsito fue educado para ser rey, su juventud transcurrió entre vertiginosas carreras de automóviles, el tiro al pichón y su pasión por el polo. Pero por lo que de verdad era celebrado el joven rey, era por su ocurrente sentido del humor. Esperados sus chascarrillos en cada banquete o acontecimiento social en los que tanto gustaba prodigarse, tenía cierta debilidad por los “chistes gruesos“ que hacían sonrojar a las damas y sonora carcajada entre los caballeros.
Era un digno descendiente de su bisabuelo y a todas luces un referente para el hijo de su hijo que estaba por llegar.
Era, en términos gruesos - como a él le gustaba - un campechano de cojones.
Y así, hasta hoy.

Hoy tenemos a Juan Carlos I el Campechano.
El más digno exponente y heredero incuestionable del Campechanismo borbónico.
Piloto de coches rápidos y motos supersónicas, tirador de primera contra paquidermos a distancia más que prudencial, bebedor social, es el alma de todas las fiestas y amante de cortesanas a porcentaje.
La “funesta estirpe borbónica“, como la describiera certeramente Blasco Ibáñez, se perpetúa a sí misma rodeándose de las mismas pamplinas, trucos arteros, artimañas soeces y mentiras rastreras de hace 200 años.
Mi pregunta es la misma que sin duda se hizo Napoleón: ¿Está el pueblo español tan envilecido y cobarde como para seguir tolerando reyes tan miserables?


JUAN ANTONIO LÓPEZ LARREA