Dedicado a Juan Ignacio: "Otoño en Madrid"

3 jun. 2013

PRIMAVERA MONTAÑESA. Intervención de Jorge García-Contell





Hace un año, la ACIMJI celebró en Valencia la 1ª Jornada de la Primavera, que supuso por nuestra parte una apuesta arriesgada y, si se me apura, incluso osada para una entidad surgida poco tiempo atrás y con escaso rodaje en el área política disidente. No vamos a presumir de imaginativos: el formato de la Jornada de la Primavera no era, no es, en absoluto original. En nuestro ámbito y desde hace ya algunos años se celebran anualmente en Madrid las Jornadas de la Disidencia, que son un magnífico ejemplo de cómo pueden y deben ser organizados estos eventos.
Hoy, con notable satisfacción, incluso con alegría no disimulada, estamos viviendo prácticamente el momento de la clausura de esta 2ª Jornada de la Primavera. Es deber de estricta justicia agradecer a los camaradas de la Asociación Alfonso I su inestimable y generosa colaboración. Sin ella, con toda seguridad, no estaríamos tan satisfechos. Gracias, Sinforiano Bezanilla. Gracias, camaradas.
            No creáis, os lo ruego, que las palabras precedentes son un mero ejercicio de cortesía, ni una fórmula más o menos gentil para dar comienzo a mi intervención. No, en absoluto. No se trata de cortesía, ni tampoco busco congraciarme fácilmente con el público santanderino. Creo que tenemos motivos para estar satisfechos por el éxito de la Jornada de la Primavera, singularmente cuando hemos tenido incluso que padecer la extorsión de esas bandas parapoliciales, encargadas de realizar
  1. labores de distracción, simulando ser oposición al sistema, y
  2. de hostigamiento a los verdaderos disidentes.
¿Ya está?, preguntará más de uno. ¿Nos podemos ir contentos a casa? ¿Ha sido un éxito? ¿Éxito para quién, y sobre todo para qué? ¿Es lo que nos proponemos, en lo sucesivo? ¿Organizar entrañables encuentros con interesantes conferenciantes? Por supuesto que no. A la hora de hablar del futuro, de todo el trayecto que nos queda por recorrer, es primordial admitir que se trata de un futuro, no diré yo “indefinido”, como el tiempo verbal, pero con toda seguridad se trata al menos de un futuro largo.

Primera pregunta: Nosotros, los que tenemos un largo futuro por delante, ¿quiénes, o mejor dicho, qué somos? ¡Vaya simpleza!, estáis pensando. Hasta Santander ha tenido que llegar este valenciano, pirómano devorador de arroz, para demostrar que somos... ¡los nacionales!, ¡los patriotas! Tenéis razón: somos patriotas, me atrevo a decir que somos los genuinos patriotas. Pero las palabras, a fuerza de rodar, como los guijarros en el río, pierden sus aristas y se convierten en cantos rodados de superficie pulida. Entonces es obligado recurrir a los adjetivos. Hace mucho que al sustantivo “patriotismo” le añadimos el adjetivo “social” y a nosotros mismos nos llamamos social-patriotas, haciendo uso de un término que suena extraño en nuestro idioma, pero a nosotros nos complace en líneas generales
.
Segunda pregunta: ¿Qué es entonces el patriotismo social? También es sencillo: amar a la patria es una noble virtud cívica, que nosotros consideramos indefectiblemente unida a la constante voluntad de dar a cada uno su derecho, al afán de justicia. Y entendemos que ese afán de justicia ha de concretarse indefectiblemente en el propósito de sustituir el orden político y económico vigente por otro distinto: a la medida del hombre y no al servicio de la plutocracia.
Bien; algo hemos precisado. Decimos y repetimos que los socialpatriotas no defendemos intereses: defendemos valores y principios. Solemos afirmar, consiguientemente, que nuestro patriotismo es ético.

Tercera pregunta: ¿Y qué valores y principios son esos que defendemos? Defendemos una determinada manera de entender el mundo, que no es la más ingeniosa, ni la más armoniosa de cuantas hemos conocido. Ni tampoco la que más nos complace. No la elegimos arbitrariamente, se trata sencillamente de... la nuestra. La manera española de entender el mundo, la propia de nuestra cultura tradicional, la que constituyó a España como un pueblo (hoy diríamos una nación, pero el término es históricamente inadecuado) individualizado dentro de ese gran todo que fue el continente europeo. Lo bien cierto es que esa cosmovisión, esa interpretación española de la vida y del mundo, como no la elegimos voluntariamente sino que la recibimos (por ello puede llamarse tradicional en su justo sentido etimológico), más que defenderla como nuestra, es propiamente esa cultura la que nos incorpora a ella misma, nos hace parte de un proyecto y de una tarea ancestrales en permanente proceso de perfección.

He hecho referencia al continente europeo y a una época histórica, que solemos identificar con la caída del Imperio Romano de Occidente, aunque en realidad se trata de un periodo algo más amplio que los historiadores identifican como “la época de las invasiones”. En esa época nuevos pueblos, germánicos y eslavos, procedentes de los extremos norte y este del continente, se asientan sobre el viejo solar y es a partir de entonces cuando comienzan a surgir los que, andando el tiempo serían conocidos como pueblos europeos... aunque en aquel entonces y durante siglos serían simplemente la Cristiandad. Ése es nuestro origen y los diez siglos posteriores al derrocamiento del último emperador de Roma constituyen la época en que con más precisión, con mayor autenticidad puede hablarse de Europa como de un conjunto coherente, de un todo armónico con un alma y un corazón comunes. La civilización europea, NUESTRA CIVILIZACIÓN, que hoy vive su momento más bajo, surge en ese momento y es el fruto de una combinación de elementos humanos dispares: latinos, helenos, germánicos y eslavos, armonizados por la fe cristiana y la filosofía clásica igualmente cristianizada.

Ése es el marco de referencia para quien se reclame heredero, que es tanto como decir continuador, del universo ético de las patrias europeas. Hace un año, en Valencia, proponíamos como identificativos de quienes se sienten cómodos al ser definidos como social patriotas una serie de criterios, inspirados en los que propuso el politólogo italiano Adriano Romualdi:

1.     Reconocer el carácter subversivo de los movimientos nacidos de la revolución francesa, ya sean éstos el liberalismo, la democracia o el socialismo.
2.    Comprender la naturaleza decadente de los mitos racionalistas, progresistas y materialistas sobre los que se edifica la civilización plebeya, el reino de la cantidad y la tiranía de la masa anónima.
3.    Concebir el Estado como una totalidad orgánica donde los valores políticos han de dominar sobre las estructuras económicas y donde el dicho «a cada uno según su valía» no significa igualdad, sino una equitativa desigualdad cualitativa.
4.    Aceptar como propia la espiritualidad religiosa, aristocrática y guerrera de la civilización europea y aceptan, en nombre de esa civilización cristiana y sus valores, la lucha contra la decadencia actual que nos ha precipitado en el nihilismo.

No es pequeña tarea, ¿verdad? Nuestro universo de valores, nuestra fe y convicciones, nos enfrentan al proyecto diseñado por los vencedores de la II GM, materialistas de distinto signo, pero igualmente materialistas, enemigos del espíritu del hombre y negadores de su trascendencia. Vivimos el apogeo del liberalismo político y de su correlato económico: el capitalismo. El individualismo feroz, que empezó a incubar la reforma protestante y se impuso aceleradamente a partir de la ilustración, ha descoyuntado las instituciones de la sociedad para despojar al hombre de todo abrigo comunitario. Hoy, el llamado ciudadano es un simple individuo, aislado, incomunicado y – lógicamente – sometido al dictado y la avaricia de los poderosos.
No es necesario recordar que en España, quienes buscamos una tercera vía política y económica hemos cosechado fracaso tras fracaso en la reciente historia democrática. Y nada hace pensar que las cosas vayan a cambiar de inmediato, al menos mientras nos obcequemos en reiterar los viejos errores.
Personalmente, y pido disculpas si esta opinión personalísima a algunos contraría, veo cada vez más improductiva la lucha política a través de partidos políticos. La célebre Ley D´Hondt y el establecimiento de la provincia como circunscripción electoral han producido en España un sistema bipartidista imperfecto, con el concurso necesario de las fuerzas de carácter separatista. Evidentemente, los partidos más próximos a nosotros han descendido a la arena electoral con todo, absolutamente todo, en contra pero, por si algo faltaba, la reforma de la Ley Orgánica del Régimen Electoral General durante el último gobierno Zapatero ha establecido tales trabas para concurrir a las elecciones legislativas que, en la práctica, lo convierten en casi un imposible.
¿Estoy diciendo que hemos de renunciar a la lucha partidaria? No exactamente. Es cierto que pueden ser instrumentos útiles para intentar la penetración en las instituciones municipales y sería ingenuo por nuestra parte desaprovechar las ocasiones que esa vía pudiera depararnos. Lo que digo, y sostengo, es que el futuro lo conquistaremos por la misma vía que nuestros enemigos han usado para socavar la civilización tradicional europea y la subversión de nuestra cosmovisión tradicional: la lucha cultural.  Sin compartir necesariamente las raíces del pensamiento del filósofo francés Alain de Benoist, ni sus conclusiones, sí asumimos como propio un axioma que él define y que comparte con el comunista italiano Gramsci: antes de producirse un cambio político, es necesario conseguir la hegemonía cultural, esto es, que las ideas a implantar sean aceptadas por los ciudadanos a través del ámbito cultural (medios de comunicación, películas, libros, música, teatro, y cualesquiera otras formas y manifestaciones culturales) antes de poder aplicarlas en el ámbito de la esfera política partidista.
Y es aquí donde entidades como la ACIMJI y la AC Alfonso I han de redoblar esfuerzos. Ése es el flanco del enemigo que hemos de golpear. Por dos razones:

1.    Porque es ahí donde más seriamente podemos dañarle hasta que, algún día, consigamos hacerle doblar la rodilla
2.    Porque, hoy por hoy, de la lucha estrictamente política, o sindical, pocos triunfos podemos sensatamente esperar.

   Fijaos bien en el panorama que se ofrece ante nosotros. Los partidos “terceristas” tradicionales han sido prácticamente barridos; han surgido otros diferentes, pero no consiguen afianzarse y avanzar con claridad. Sin embargo, por casi toda España han proliferado las asociaciones culturales, deportivas, recreativas. Entre todas, movilizamos un número de militantes mayor que el de nuestros partidos ideológicamente próximos y la tendencia sigue en aumento. Su principal problema: la atomización, la dispersión de recursos y de esfuerzos que convierte los progresos en arduos y lentos. 
Yo hoy, aquí, en nombre de la A.C. In Memoriam Juan Ignacio, voy a lanzar una propuesta clara, diáfana, que no presupone que sea de sencilla realización: demos comienzo a un proceso de coordinación, primero, y de federación, inmediatamente después, del mayor número posible de entidades culturales – la mayoría de ámbito exclusivamente provincial o local – que compartan la cosmovisión tradicional, española y europea a la que me he referido con detalle al comienzo de mi exposición. Incluso diré más: no nos detengamos en la simple federación en aquellos casos en los que sea posible la fusión. Vertebremos un movimiento cultural alternativo, tercerista, patriota y social. Sentemos con ello las bases de lo que, si Dios lo quiere, podrá ser el cambio de valores dominantes en la sociedad, que permita avanzar a las fuerzas políticas de nuestro signo. Camaradas; especialmente me refiero y me dirijo a los camaradas de la AC Alfonso I, a quienes tanto hemos admirado: todo, absolutamente todo, está en nuestras manos. 
Coordinemos nuestros esfuerzos, aunemos voluntades, optimicemos nuestros medios y recursos. 
Avancemos juntos.