Dedicado a Juan Ignacio: "Otoño en Madrid"

14 abr. 2013

Juan Antonio López Larrea. (Valladolid, 13/04/2013)






Hola a todos, buenas tardes y gracias en nombre de todos los que componemos “la Juan Ignacio“ por haberos acercado hasta aquí en esta magnífica tarde de la incipiente primavera castellana.


En primer lugar y como es norma en nuestra asociación, exigir desde la humildad de nuestra posición pero con la contundencia que nos otorga ser poseedores de la razón, la libertad para Josué Estébanez y para todos los patriotas presos como consecuencia de su postura firme y decidida contra el sistema.


En segundo lugar, agradecer a la organización la invitación que nos ha permitido traer a Valladolid nuestra palabra y nos ha brindado la oportunidad de que nos conozcáis.


El camarada Cuesta  – porque aquí aún seguimos tratándonos por el sagrado vocablo, camarada –  os ha contado sucintamente el origen y los primeros pasos de nuestra organización; sus primeras intenciones y las ilusiones que la forjaron.

Esos fueron los pasos que nos trajeron hasta aquí, yo intentaré contaros los siguientes que pensamos dar para recorrer esta, hoy senda, mañana tal vez autopista; que nos conduzca a una revolución nacional.

La ACIMJI está formada por militantes de larga trayectoria y distintas responsabilidades en cada uno de los grupos por los que hemos pasado, por lo que si hay dos características en las que todos coincidimos, estas son: compromiso y trabajo.

Compromiso con nuestras ideas.

Y trabajo, como el único medio para divulgarlas.

Toda idea necesita de mano de obra para ser difundida y aquel que no esté dispuesto a aportar trabajo, está de más en nuestra organización. Recordemos las palabras del poeta Ezra Pound, “el hombre que no esté dispuesto a morir por sus ideas es porque o estas no valen nada o él no vale nada“.

Muchos comenzamos a dar nuestros primeros pasos en política antes incluso que a pasarnos la cuchilla de afeitar y sin embargo, pese a nuestra inmadurez, vaticinábamos muchos de los acontecimientos que el devenir del tiempo ha ido confirmando.


Muchos españoles  hace 35 años, como mínimo varios cientos de miles que así lo manifestaban con su voto, vieron cernirse sobre su Patria siniestras amenazas. Algunos miles lo manifestamos con nuestra afiliación a organizaciones políticas estigmatizadas por el nuevo sistema que entonces comenzaba a forjarse.

Y, por desgracia, nuestros pronósticos fueron cumpliéndose uno tras otro, con implacable frialdad. Sistemáticamente. Mecánicamente. Incluso, nuestras más pesimistas previsiones fueron superadas por una realidad aciaga. 


Previmos, anunciamos y denunciamos que la monarquía liberal, encarnada en la Casa de Borbón, volvería a defraudar cuantas esperanzas depositaran en ella los españoles. Nuestro dictamen de aquel entonces, sinceramente, sólo se apoyaba en el recuerdo de viejos reyes infames. Honestamente, no pasaba de ser un prejuicio; no podíamos siquiera imaginar qué nuevas cotas de ignominia, de bajeza y de traición iban a alcanzar los miembros de esa dinastía maldita. 


Previmos, anunciamos y denunciamos que el Estado social franquista  – paternalista, sí; incompleto, sí; mejorable, sí - iba a ser desmantelado en beneficio del capitalismo salvaje. Y así fue, aunque no sospechábamos que en una emergencia como la presente los Estados concentrarían todos sus esfuerzos en salvar a la banca de su propia irresponsabilidad, para desentenderse al mismo tiempo que la miseria alcanza a cada vez más amplias capas de población. 


Previmos, anunciamos y denunciamos que grandes grupos de interés, lobbies diversos y la mezquindad de las naciones de la Europa comunitaria pretendían desguazar nuestra capacidad productiva estratégica. Nuestro acceso al entonces llamado Mercado Común Europeo tenía el precio de acabar con nuestra agricultura, pesca, minería y siderurgia, además de reducir hasta casi la nada nuestras industrias ligera y pesada. Así sucedió, aunque no creímos que pretenderían imposibilitar la propia viabilidad económica de España, anulando nuestra capacidad de sobrevivir en nuestra propia tierra. 


Previmos anunciamos y denunciamos que la insolidaridad intrínseca del liberalismo, socavaría los derechos laborales. ¿Recuerda alguien que la legislación laboral franquista establecía una indemnización por despido de 60 días por año trabajado, con un mínimo de seis meses y un máximo de sesenta? Pero aunque temíamos la devastación liberal no llegamos a imaginar entonces que contemplaríamos a una cuarta parte de los españoles sin trabajo, cinco millones de parados, mientras las centrales sindicales del sistema parecen no tener más preocupación que el respeto por la multiculturalidad. Nunca sospechamos que asistiríamos simultáneamente a ese 25% de desempleo, mientras 8 millones de extranjeros compiten, deslealmente, a la baja, con los españoles y por cierto, beneficiándose de la mayor parte de las ayudas sociales que el estado – cada vez en menor cuantía – destina a las clases más desfavorecidas. Todo ello, ante la complacencia – el regocijo, diría yo – de sindicatos y  patronos que siguen reclamando cínicamente más y más asiáticos, más y más africanos a la par que se reducen con cada reforma laboral los derechos de los trabajadores españoles y su capacidad adquisitiva, llegando al punto de tener que elegir entre alimentar a tu familia y ser desahuciado o mantener tu vivenda a costa de no poder mantener dignamente a tus hijos.


Previmos anunciamos y denunciamos que se cedería al chantaje de los separatistas, que por aquel entonces carecían de verdadero arraigo en la sociedad, para recompensar su oposición al franquismo. Una oposición más mítica que real, pues el separatismo aspiraba a comienzos del siglo XX, exactamente igual que a comienzos del siglo XXI, a construir oligarquías locales y ese separatismo aldeano y mezquino jamás supuso un problema grave para el franquismo. Así fue, aunque no sospechamos entonces que en el proceso centrífugo llegaríamos hasta la desarticulación jurídico-política y administrativa del Estado e incluso a la erradicación de nuestra propia conciencia de identidad colectiva como españoles en gran parte de regiones.
  

Previmos, anunciamos y denunciamos que la institución familiar, el núcleo social básico, estaba seriamente amenazado, como primer objetivo a batir por el mundialismo sin rostro ni alma. Así fue, aunque no pensamos que la misma noción de familia sería subvertida, que el Código civil se alzaría contra la Ley Natural y se denominaría matrimonio a la unión contra natura de dos homosexuales. O que veríamos cada año casi igual número de divorcios que de matrimonios. O que nuestra natalidad caería en picado hasta abocarnos a la extinción como pueblo. O que la población española sería paulatinamente sustituida por masivos contingentes foráneos, mientras se estimulaba la contracepción y el aborto quirúrgico y químico. 


Previmos, anunciamos y denunciamos que España, fascinada por aquel afán de la oligarquía dirigente de “homologarnos políticamente con los países de nuestro entorno”, acabaría sometida – más aun – a los intereses de los Estados Unidos de América. Así fue, aunque entonces no llegamos a barruntar que nuestro ejército, convertido en batiburrillo multicultural de tropas mercenarias, acabaría sirviendo de apoyo logístico en las guerras de agresión que los yanquis han desatado en Europa, Asia y África desde la implosión de Yugoslavia en los años 90 hasta la barbarie criminal desatada en Libia con el apoyo y sostenimiento de la OTAN. 


Si el tiempo pone a cada uno en su sitio , resulta evidente a día de hoy que nosotros, desgraciadamente,  teníamos razón.

¿Por qué entonces, con aquella clarividencia de la que hoy fatalmente hacemos gala no conseguimos calar entre la sociedad?. Es más, ¿dónde fueron a parar aquellos cientos de miles de votos de los que hablábamos al principio o aquellos miles de militantes?

La respuesta no está en el viento como diría el subnormal de Zapatero, la respuesta debemos encontrarla en un análisis sereno y objetivo de todos los factores ajenos a nuestra voluntad y en un ejercicio de autocritica feroz, sin paños calientes, de la parte que nos toca.

Los factores externos son varios - como demostraremos en el documental que vamos a estrenar el próximo 28 de septiembre, “Juan Ignacio, la vida por un ideal “, un intenso repaso a la transición española a través de la vida de un joven falangista asesinado, con históricas entrevistas a algunos de los protagonistas y realizado con “otra mirada“ diferente de la oficial  y en verdad - los factores externos decíamos - , fueron imposibles de combatir.

La transición fue dirigida desde los mismísimos estamentos del poder , con la complicidad – curiosa palabra – del  nuevo jefe del estado y de la enorme influencia que iba a adquirir en esta nueva andadura de España  Jesús de Polanco y el grupo Prisa, verdadero creador de opinión pública durante décadas y consejero de la cabeza coronada.

No repararon en gastos, como se suele decir, desde la creación de un inexistente terrorismo negro para “centrar “  a la población en las posiciones políticas que al poder convenía, hasta la trampa del 23-F para deshacerse de los militares incómodos. Arbitraron todos los medios para que nuestra voz y nuestras ideas se convirtieran en deleznables para la mayoría de la gente.

Pero esa verdad irrefutable no puede servirnos de excusa en nuestros errores.

Sería fácil atribuir enteramente las culpas del fracaso a la confabulación de todas las fuerzas políticas, mediáticas, empresariales y sindicales del sistema. Sería fácil, pero sería sólo parcialmente cierto.

Deberíamos hablar de nuestra inadaptación a los nuevos tiempos, de estrategias erradas que nos llevaron ingenuamente a confiar como única solución, en una asonada militar que enderezase el rumbo. Deberíamos de hablar de nuestras tácticas trasnochadas y de la pervivencia de modos, formas, métodos y terminología que nos alejaban de nuestro propio pueblo, al que deseábamos servir y al que amábamos con todas nuestras fuerzas.


Muchos de nosotros hemos llegado a formar parte de distintas organizaciones políticas, observando con desesperación como una tras otra iban desapareciendo con el consecuente desanimo de  escuadristas y cuadros. Y, a lo largo de estos años, sólo una circunstancia permanecía invariable en la militancia patriota: cada nueva organización era más débil, más reducida y más inoperante que la anterior.

Hasta aquí hemos llegado.


La tragedia que protagonizamos no es y nunca lo fue, la desaparición de unos partidos  ya que jamás nos consideramos hombres de partido, nuestro desprecio por la partitocracia hace que los consideremos artificiosos y superfluos.

Lo verdaderamente dramático es la desaparición paulatina , incluso más allá de las ideologías, del ideario nacional y social. Del compromiso irrevocable con el alma de la nación, con sus tradiciones, con nuestra forma de entender el mundo y – al mismo tiempo – del propósito de construir una sociedad justa, donde el hombre no sea una pieza más del engranaje económico, el trabajo sea considerado título de nobleza y no mercadería, lo común prevalezcan sobre lo privado , donde los españoles no sean juzgados por cuánto tienen, sino por el valor de su intrínseca dignidad.


¿Qué hemos de hacer a partir de ahora? ¿Qué itinerario deseamos recorrer a medio y largo plazos? 


En primer lugar, aspiramos a constituir la Asociación In Memoriam Juan Ignacio en no menos de 15 provincias, alcanzando de esta forma una masa crítica imprescindible para su continuidad y operatividad futuras. 


En segundo lugar, descartamos nuestra conversión en partido político. Creemos que dentro del área política llamada social-patriota existen demasiadas organizaciones, demasiado pequeñas, demasiado inoperantes y demasiado enfrentadas entre sí. No es necesario que se constituya otra más, que sólo añadiría confusión, inoperancia y cainismo. Por el contrario, entendemos que si algún cometido podemos asumir en la vida pública, es el de colaborar a la difusión de un núcleo de ideas y valores, propios de nuestra concepción del mundo y la vida. Hemos aprendido del teórico comunista italiano Antonio Gramsci que la toma del poder no se lleva a cabo sólo mediante una insurrección política para apoderarse del Estado, sino mediante un largo trabajo ideológico en la sociedad civil que prepare previamente el terreno. No es posible la toma del poder político sin ocupar antes el poder cultural.






Queremos alumbrar ideas, no partidos. Nosotros hemos llegado a la conclusión tras años de contemplar los naufragios de proyectos políticos cargados de buenas intenciones, que ha llegado el momento de comenzar el edificio por los cimientos y no por el tejado. La vieja fórmula de confiar el liderazgo a un camarada al que presumimos carisma y crecer en torno a él, ha resultado ya demasiadas veces el comienzo del enésimo fiasco. El objetivo es hacer piña desde las bases, llevar nuestra voz a todas las provincias de España que nuestros escasos medios nos permitan, e intentar conformar una sólida estructura . Consolidar una organización , en mayúsculas organización , de camaradas en torno a unas ideas raíz sin apellidos o etiquetas que puedan incomodar a nadie o que acaben resultando un nuevo foco de discordias internas .

Estas ideas raíz son, el rechazo al estado de las autonomías, la protección del trabajador español desmontando el sistema capitalista, el combate contra el liberalismo, la democracia partitocratica y el socialismo de corte marxista; la desaparición definitiva de nuestro suelo patrio de un anacronismo histórico como es la monarquía. Y el reconocimiento de la civilización cristiana como cuna de la espiritualidad y la cultura Europea.

Sed conscientes de que lo que hoy escucháis aquí es una auténtica declaración de guerra.


Guerra contra la muerte de nuestra civilización, guerra contra el mundialismo, guerra contra la dominación de nuestro pueblo por los señores del oro y la usura.

Sabed que aquí y ahora, declaramos formalmente el inicio de hostilidades contra aquellos que nos despojaron de nuestro tejido productivo y ahora nos entregan maniatados a la tiranía de la banca internacional.


Declaramos guerra sin cuartel, guerra a muerte contra los que usan y se sirven del trabajo como mera mercancía y de los hombres como siervos.


Guerra contra quienes niegan nuestra identidad, porque eliminando  las identidades, confían en la fácil sumisión de los hombres sin patria como paso previo a la globalización de  pueblos y  naciones , convirtiéndose de esta manera en los dueños de los destinos de esos hombres  


Sabed que desde hoy, desde este momento, hay un puesto  para cada uno de vosotros, para todos aquellos disidentes, para los insumisos y rebeldes, para los que afirmáis que el futuro será escrito desde el espíritu elevado y no desde el instinto abyecto. Cada cual tendrá un puesto de combate, una misión que cumplir. Nadie quedará al margen y todos los españoles dignos de tal nombre que anhelen batirse por la Patria y la Justicia, recibirán encuadramiento y las armas adecuadas a su condición.

Pero aquellos, que desoigan la angustiosa llamada de su Patria; quienes rehúyan cumplir con su deber, no ya de españoles, sino simplemente de hombres y mujeres de bien . . . ¡apártense para siempre de nuestro camino y de nuestras vidas! . No podemos exigiros que abandonéis la suicida comodidad de la inacción, de la pasividad y del conformismo. No podemos evitar que prefiráis morir de tranquilidad y aburrimiento, pero os pedimos un favor, solo un favor: dejad de lloriquear, dejad de darnos palmaditas en la espalda, apartaos para siempre y olvidadnos!! . 


Españoles: ¡alzaos!


¡En pie, orgullosos y altivos, para merecer el nombre de hijos de cuantos nos precedieron en la construcción de una Patria que llevó la luz de la civilización hasta los confines del mundo!


Hoy nos hemos congregado bajo el cielo castellano que vio nacer y morir a Onésimo Redondo, cofundador de las JONS,  patriota admirable que en julio de 1936, recién liberado, en lugar de observar, cómodamente instalado en la retaguardia como la prudencia hubiera indicado, ya que la mayoría de los mandos falangistas se encontraban presos, se aprestó a sumarse a la primera línea de combate cayendo fatalmente en una emboscada en Labajos.

Su ejemplo sublime y su memoria nos convocan a desafiar la pasividad y a retar a los tiranos.


Con fe en la victoria, cantemos aquella estrofa de la imperecedera “Oda al 2 de mayo” de Bernardo López: 


“¡Guerra! clamó ante el altar el sacerdote con ira;

¡guerra! repitió la lira con indómito cantar;

¡guerra! gritó al despertar el pueblo que al mundo aterra;

y cuando en hispana tierra

pasos extraños se oyeron,

hasta las tumbas se abrieron

gritando: ¡Venganza y guerra!. “



Me despido con unas palabras atribuidas a Matías Montero, primer caído seuista, que hiela la sangre el pensar que fueron proféticas:

Acudid a nuestro llamamiento. Aprenderéis con nosotros a llorar los dolores de España, a reír sus alegrías, a luchar por su honor o a morir por su integridad.”


Amigos y camaradas que habéis acudido a escuchar nuestra palabra en esta magnífica tarde de la incipiente primavera castellana, confiamos en no haberos defraudado y nos despedimos de vosotros con nuestro grito de guerra:

Por la PATRIA, LA JUSTICIA Y LA REVOLUCION