Dedicado a Juan Ignacio: "Otoño en Madrid"

25 jun. 2014

EUFEMIERDAS





La verdad se corrompe o con la mentira o con el silencio.
Cicerón


Llámenme facha,  pero yo creo que esa forma de hablar para que nadie te entienda, todas esas frases rebuscadas para describir conceptos que ya tienen su palabra asociada en el diccionario, se inventó con la democracia.
Fíjense que, los de mi edad para arriba (o para abajo, que también esto es un misterio) aprendimos en escuela a analizar una frase; ya saben, sujeto, verbo, predicado, complemento directo, etc. e incluso aprendimos a interpretar textos, algunos asaz complicados a tiernas edades: “cerrar podrá mis ojos la postrera sombra que me llevare el blanco día”. Vamos, como que deberíamos estar entrenados, pero les juro que yo me siento a escuchar un político y las más de las veces no tengo ni pajolera idea de lo que ha querido decir.
Que, eso sí, contra lo que la gente ordinaria (con perdón) piensa, siempre quieren decir algo, lo que no quieren es que esa gente ordinaria se entere. Que son cosa diferente.
He buceado en mi memoria cual si un ilusionista me hubiese puesto en trance y he llegado hasta la edad en que comencé a usar pantalones largos asiduamente y se me ha aparecido mi abuelo diciendo “¿por qué coño le llamarán ahora a esto la gota fría?” y, una vez vuelto en mí mismo, tengo la certeza de que es ahí donde todo este guirigay comenzó.

Un buen día de hace un siglo, tras una tormenta de esas de cojones, salió un tipo por la tele y dijo que aquello ya no era un chaparrón, sino que era una “gota fría”. Adornó aquella neo-denominación con una serie de alardes técnicos de perfil alto, algo relacionado con el calentamiento de las aguas y el enfriamiento de los aires (¿o era al revés?), mientras señalaba con un puntero un mapa de otro planeta. Y se quedó tan ancho.
Ahora comprendo que aquello fue una estratagema, un truco -de perfil alto-, un “suelta esto y a ver que hacen”; como cuando Boyer lanzó la idea de la actualización del valor catastral y luego dijo que era una broma. Una broma de perfil alto, por cierto.
Lo tengo clarísimo; visto que aquella sustitución de una palabra por una explicación retórica era comúnmente aceptada, decidieron que era el momento de cambiar la forma de expresión de la casta para que nadie entendiera nada.
Así que todos los políticos se aplicaron con malsano interés en aprender las nuevas técnicas de comunicación que básicamente consistían en decir cosas de manera que nadie las comprendiera , rodeándose de tahúres a los que llamaron “asesores de imagen” y comenzó el circo de pegarse el atracón de reírse del pueblo en cada intervención. Todos lo han hecho, aunque el maestro del eufemismo ha sido Zapatero. Mariano está perfeccionando la técnica y ya es toda una promesa.

Comenzaremos con un ejemplo sencillo, digamos que de primer nivel.
María Dolores, mi compañera sentimental, actualmente pareja de hecho, como consecuencia de una relajación en nuestro sistema de planificación familiar, sufre un embarazo no deseado.

Traducción:
La Lola está preñá.
Por un calentón.

Bien, parece sencillo, pero tengan en cuenta que nos encontramos en el primer nivel.
Para pasar a la siguiente pantalla, intenten ahora articular una oración gramatical que contenga los siguientes términos: “movilidad laboral”, “cese temporal de convivencia” y “economía en deceleración”.
No se preocupe si no lo ha conseguido; salvo que se dedique a la política, claro está. Los seres humanos normales nunca superan este nivel.
Y ya, comprender –aún en su contexto–  el significado de frases como, “indemnización en diferido”, “externalización de servicios”, “línea de crédito en condiciones favorables”, “gravámenes de activos ocultos” o “recargo temporal de solidaridad”, se convierte en una hazaña digna de un Blade Runner.
Decía Lázaro Carreter que el eufemismo es un proceso muy frecuente que conduce a evitar la palabra con la que se designa algo molesto o inoportuno sustituyéndola por otra expresión más agradable. Está claro que el político, el día que explicaron la cita del maestro, no fue a clase.
El arte de sustraer la verdad al pueblo con artificios contables parece no tener techo; pero la realidad es mucho más cruel, este lenguaje es el pilar sobre el que se cimenta una élite corrupta y un sistema agotado.

El otro día, mientras me comía mi bocadillo de media jornada, fui testigo privilegiado de escuchar una conversación entre gentes de éstas a las que se entiende. Sintetizando, venían a decir algo así como que a los ricos no hay quien les entienda cuando hablan. “Que se vayan a la mierda”, dijo otro sin que se le atragantara ni una sílaba por el hecho de estar sentado a la mesa.
Esa es la realidad de la España actual; la fractura de la sociedad es el tremendo abismo que separa a los ricos y a los pobres, ampliado por la certeza de que es la clase trabajadora la que está pagando los platos rotos y, por mucho que la casta le dé vueltas a las frases, el pueblo hay algo que distingue con meridiana claridad: el concepto de pobres y ricos. Y ojo, dicen mierda, no “materia orgánica”.
Y es que no hay idioma tan preciso como el castellano.

LARREA

15 jun. 2014

¿PODREMOS?





Está situada a pocos metros del balcón de mi casa y esa cercanía física hace inevitable el no ser participe como oyente privilegiado en las pesadas noches del estío mediterráneo, de los sesudos debates que allí se dan. Se trata de la ONG más antigua que se conoce e incluso me atrevería a afirmar, con mal disimulado orgullo, que es la única de la que los españoles hemos sido precursores mundiales: los bares de barrio.
Esa curiosa organización no gubernamental que acoge a todos aquellos que tuvieron la mala fortuna –una desgracia como otra cualquiera– de tragarse un tenedor siendo niños, circunstancia que les ha impedido doblar el lomo ya de por vida; pero que sin embargo con pertinaz constancia, ocupan una jornada laboral completa con sus horas extras correspondientes las terracitas en la calle, dejando, como testimonio de fidelidad, las mesas abarrotadas de quintos de Mahou. Son reconocibles en cada barrio por características comunes, a saber: el local tiene más mierda que el palo un gallinero, no sirven tapas, ni menú, ni siquiera un triste bocadillo de mortadela; si pides una cerveza, el maitre te la largará cogida por el cuello y de aquesta guisa te la tendrás que apretar (no esperes un vaso porque normalmente no existen y si lo hubiera, casi mejor volver al cuello de la botella); su horario de cierre es flexible, suele depender de lo que cueste echar a la distinguida clientela, aunque como norma siempre coincide con lo que tarde un vecino en llamar a la municipal en los barrios altos o en amenazar con bajar con un palo, en los barrios como el mío.
Pero el principal elemento común son los parroquianos. Varían las caras, pero nunca las expresiones de éstas, ni por supuesto, los debates. A veces, escuchándolos, uno piensa que en cualquier momento como en La Colmena, darán la vuelta a los mármoles de las mesas y descubrirán con estupor que hay convidados ya fenecidos. 
Hace unas pocas lunas la tertulia literaria derivó, con el peligro que eso lleva aparejado en tierra española, hacia la política. Las voces fueron tornándose gruesas, tanto que pensé que estaba llegando el momento de preparar la cámara y conseguir un video “tredin topic”  de esos, con tipos esposados, vecinas en bata que lo han visto todo y bulto tapado con sábana. Pero no fue así. Y no fue así porque uno de los sénecas pronunció la palabra mágica: Podemos.
Fue decir “Podemos” y el orden natural de las cosas quedó restablecido, el quórum llegó a las lápidas giradas de mármol, atestadas de cadáveres de quintos, y las sonrisas de complacencia entre parroquianos invitaron al más audaz a gritarle al chino que responde como titular del Bar el Maño, “¡¡otra ronda Lin Chun!!”. El efecto Podemos va a ser como un tsunami en una sociedad que ya identifica bipartidismo con corrupción. Y este es el verdadero peligro y no aquello de “que vienen los rojos”, porque esta simbiosis pone a salvo nuevamente al Sistema. Los líderes de este neomarxismo pregonan a los cuatro vientos que la solución a todos los problemas pasa por “más democracia”,  cuando precisamente el padre y la madre de la corrupción son el sistema parlamentario liberal. 
El discurso de Podemos es manifiestamente ambiguo; pero al menos tienen uno, cosa que no es capaz de decir ninguno de los partidos políticos, ni mayoritarios ni minoritarios. Todos los partidos se caracterizan por un nexo común, no tienen discurso sino programas electorales. Podemos ha sabido estar en el lugar preciso –la calle– en el momento oportuno. Y ha escuchado la voz de esa calle, recogiendo el descontento del pueblo en un manifiesto y ahora, siguiendo los viejos dictados trotskistas, lo está sabiendo instrumentalizar. La ambigüedad que citábamos de su discurso se convierte en la correa de transmisión de una cosechadora de votos; donde toda la zurda, desde un socialdemócrata hasta un anarquista, pasando por un comunista radical, se encuentra cómodo depositando esa papeleta en la urna. 

El órdago es de tal calibre para el partido de Pablo Iglesias “el viejo” que, hasta el incombustible Rubalcaba ha hecho las maletas y pronto se sentará en el consejo de administración de alguna compañía eléctrica. En cambio, a los fieles seguidores del partido de Bárcenas les resulta indigerible que haya sido la cadena mediática “orgullosa de ser de derechas” la que haya lanzado al estrellato a Pablo Iglesias “el joven”. Qué bonita es la inocencia. La jugada ¿maestra? de la dirección de Génova será agitar ante su electorado indeciso la bandera del miedo al nuevo Frente Popular, pensando así fidelizar algún millón de votantes. Veremos si no le sale el tiro por la culata porque, como decíamos anteriormente, el fenómeno Podemos va camino de convertirse en el tsunami de una sociedad que está hasta el pirri de su casta política y posiblemente acabe arrastrando incluso a sus mentores de primera hora. 

Nosotros, los buenos, los que nadie escucha, los que apretamos el paso a la gente cuando abrimos la boca, no hemos sabido estar a la altura de las circunstancias hasta aquí; no por falta de tesón ni de esfuerzo. Ni de corazón. Pero es un hecho incuestionable que no hemos dado con la tecla para soslayar la enorme brecha que nos separa de la sociedad española contemporánea. Sin embargo se nos abre un atisbo de esperanza ante la nueva situación que se va a producir tras el fin del bipartidismo. Para ello hemos de entrar definitivamente en el siglo XXI, articular un discurso que ponga de manifiesto tanto las contradicciones de Podemos como la quiebra del sistema.
Unos pocos días antes del triunfo electoral de la Lepena, su partido había realizado un acto de homenaje a Robert Brasillach y no pasó nada, ganó las elecciones igualmente. El proyecto político del Front es actual. Tratar la historia como historia, reconocernos como herederos de ésta y mantener dignamente la memoria de nuestros primeros, no debe estar reñido con un mensaje actualizado, claro, sencillo y ajustado a los problemas reales de España para este siglo. 
Cimentar sobre veintitantos puntos es un grave error que llevamos pagando demasiado tiempo. Los discursos que ganan elecciones hablan de futuro, no del pasado. Ganar ese futuro puede estar en nuestras manos, de lo contario corremos el riesgo de ser definitivamente los nombres escritos bajo las mesas de mármol del Café Gijón. Y eso, sí que no lo merece la sangre de nuestros caídos.

LARREA


5 jun. 2014

YA ESTÁ AQUÍ EL ENEMIGO






“Serán traidores a la patria y miembros indignos del estado, los capitalistas, los ricos que se ocupen como hasta aquí, con incorregible egoísmo, de su solo interés sin volver la cabeza a los lados ni atrás, para contemplar la estela de hambre, de escasez y de dolor que les sigue y les cerca“. 
 Onésimo Redondo.
 

Ya están de nuevo aquí. Y tocan a nuestra puerta golpeando nerviosos con los nudillos de sus cuidadas manos y claman a cajas destempladas apelando a nuestro patriotismo en el nombre de la “unidad de la patria“. Es la hora de los enanos y su cobardía les acerca de nuevo a los viejos senderos que solo los elegidos son capaces de recorrer. Gimen como viejas asustadas y se pasan la consigna mientras observan atónitos las banderas tricolores en las plazas de España: “que vienen los rojos, que vienen los rojos...“.
Empiezan a madurar en su cabeza la terrible idea de que aquel libelo bastardo que nació en 1978 de la traición más repugnante, tal vez no alcance a proteger su dorado sueño. La “magna carta“, la herramienta con la que abrieron las puertas al capitalismo más brutal, al separatismo más rancio y a la corrupción más impune. Una constitución que solo ha servido de corsé para el pueblo honrado; pues la casta política  – unos y otros – la ha usado como papel higiénico cada vez que les ha interesado, modificando artículos a su albedrío partidista. Y toca la derechona a nuestra puerta, esgrimiendo la urgente defensa de semejante ramera, cuando nosotros fuimos los únicos que siempre abjuramos de ella, que siempre dijimos en voz alta y clara lo que iba a traernos y que nunca nos hemos movido ni un milímetro de aquella postura.

 Y nos llaman a hacer frente común en la defensa de la patria, como si no supiéramos que ellos han cedido nuestra soberanía al Banco Central Europeo. Y nos llaman a hacer frente común contra el separatismo, como si no supiéramos que este fue creado artificialmente por ellos para enriquecer - todavía más-  a las oligarquías periféricas. Y nos llaman a hacer frente común en la defensa de la monarquía, como si no supiéramos que la “nefasta estirpe de los Borbones“  - como los definiera Blasco Ibáñez- ha convertido esta bendita tierra en su cortijo particular, enriqueciéndose exponencialmente mientras corrompen todo lo que tocan .

Y nos llaman a hacer frente común contra el imparable crecimiento de la izquierda, como si no supiéramos que ellos, con el rescate de la banca a costa del trabajador, los recortes en derechos sociales y laborales y el empobrecimiento de la nación, han propiciado como consecuencia inevitable, este repunte.

Apelan a nuestra beligerancia creyendo que nuevamente será la sangre de los nuestros la que se vierta en la primera línea mientras ellos se aferran a sus privilegios “de clase“. Pues siéntense y escuchen, patriotas de pulserita y banderita en sweter de polo; para nosotros no hay más clase que la del trabajo, ni más “grandes de España“ que los que madrugan a diario para con su esfuerzo poner un plato de caliente en su mesa. Y desde luego, no hay más nobleza que la que se destila por la frente de un obrero. Reflexionen bien los “camaradas“ que, contagiados del espíritu pusilánime de estos neocedistas, proponen agrupaciones contra natura; que piensen bien en qué trinchera se van a instalar, porque todo aquel que con el pretexto de la patria ignore a su pueblo, será cómplice de traición y como tal lo trataremos. Sobre todo, que recuerden que la sangre de nuestros caídos fue vertida por una España mejor para todos sus hijos y no para los hijos de una minoría. No secundaremos “males menores“, escuetamente porque éstos no existen.
Y si llega la hora de ser todo o nada, poco nos importará que el instante no sea el adecuado, pues cualquier momento aceptaremos como bueno si de entregar nuestra vida a cambio de nuestros ideales se trata. Lo mejor de nuestra “inmemorial pobreza“ - parafraseando a Gil de Biedma -  es que carece de sentido morir en la cama, porque ni siquiera ésta nos pertenece. Buscaremos nuestro final a pie firme, en áspera tierra española, mientras sonreímos esperando el seguro amanecer, aquel que “ya presentimos en la alegría de nuestras entrañas“.
Ya estáis de nuevo aquí, derecha cobarde y rastrera, tocando como ayer a nuestra puerta con los nudillos de vuestras cuidadas manos. 
No desoiremos la llamada, enfrente vuestro nos encontraréis.

Larrea

2 jun. 2014

POR LA ELIMINACIÓN DE LOS SIMBOLOS FRANQUISTAS




Se va.
Juan Carlos I dice que se va.
Aunque la dinastía borbónica se perdura a sí misma en la figura de Felipín, ahora con número adicional unido inexorablemente a su nombre de pila.
El sexto de los Felipes, que hubiera dicho Quevedo.
Siglos, creo, que han pasado desde que Franco restauró la monarquía como forma de gobierno de España.
Fue el 22 de julio de 1969; ese día Juan Carlos de Borbón jura ante las cortes franquistas  “guardar y hacer guardar las leyes fundamentales del Reino y los principios que informan el Movimiento Nacional”. En realidad, ya hacía 6 años que el joven príncipe –que no heredero– se había instalado en España acompañado de su reciente desposada, Sofía de Grecia, y de la mano del entonces Caudillo de todos los Españoles.
Por refrescar la memoria: el chaval Juan Carlos, nunca fue Príncipe de Asturias como correspondería al heredero del trono, ya que su papaíto no le cedió tal honor. Claro que, resulta difícil digerir el ser traicionado por tu propio hijo; hecho que se produjo el 5 de marzo de 1966 cuando éste, sorpresivamente, no se presentó en Estoril a una reunión propiciada por viejos monárquicos, donde se pretendía ensalzar al Conde de Barcelona como heredero de la corona de España.
Apuñalar a tu padre queda feo.
Juan Carlos y la griega pasaron a ser Príncipes de España por obra y gracia “del dictador”.
El 22 de noviembre de 1975 se convierte en Rey, jurando nuevamente la lealtad al Movimiento Nacional. Y hasta hoy.
Desde ese día hemos visto caer uno tras otro los nombres en calles y plazas de los héroes que dieron su vida por una España mejor, siendo sustituidos en algunos casos por los de sus asesinos. Así, donde hubo una estatua de José Antonio, se colocó una de Largo Caballero, uno de los firmantes de su pena de muerte. Los nombres de patriotas se sustituyeron sin ningún pudor por los de reconocidos apátridas e incluso algún genocida.
Tras las calles, llegó el turno a los monumentos y tras los nombres propios, a los hechos gloriosos.
Desafortunadamente para el pueblo español, aquel ansia de revanchismo no iba a quedarse tan solo en lo que para algunos defensores del “talante” es considerado como anecdótico y , tras las estatuas y las calles, comenzaron a meterle mano a la obra social del régimen fenecido.
El trabajo comenzó a ser considerado poco menos que un lujo y se convirtió en la principal herramienta de chantaje al obrero por parte de las oligarquías emergentes. Trece reformas laborales desde la caída de la “dictadura” han dejado al trabajador español a los pies de los caballos con la complicidad de los “nuevos” sindicatos amarillos.
De la soberanía nacional, mejor ni comentamos. Sencillamente, no existe. Pasó a la historia como cualquier calle del franquismo y hoy somos los lacayos de lobbys económicos que nombran o sustituyen presidentes en Europa ya sin ningún disimulo. España se ha convertido en el felpudo del BCE.
La unidad de España, aquello con lo que tanto hacía chistes la progresía de salón; aquello de Una, Grande y Libre ya no hace reír a nadie. Más que a los separatistas. Porque España nunca ha estado en un riesgo tan real y próximo de desaparecer como en la actualidad.
El tejido industrial español, importantísimo en la década del desarrollismo económico, competitivo y de calidad, motor de la nueva España que se situaba por meritos propios entre las diez naciones más prósperas del mundo, fue deliberadamente hundido para entregar su mercado a la competencia de otras naciones “amigas”.
Y dejo para el final la ruina moral de un pueblo, el español; antaño orgulloso y hoy derrotado y vencido, que asiste impasible a su desaparición.

Por todos estos motivos, hoy levanto mi voz para gritar con toda la fuerza de mis pulmones: ¡¡¡ DESAPARICION DE TODOS LOS SIMBOLOS FRANQUISTAS YA!!!

Ya que acabasteis con todo, llevaros el último que queda. LOS BORBONES, A LA MIERDA.


Larrea