Dedicado a Juan Ignacio: "Otoño en Madrid"

21 may. 2014

La Primavera Castellana, en la radio



Radio Intereconomía, dentro de su programa "Una hora en libertad", vuelve nuevamente a abrir sus micrófonos a la ACIMJI, en esta ocasión para hacer referencia a las Jornadas de la Primavera Española organizadas por esta asociación, y que este año, bajo el título de Primavera Castallana, se desarrollarán en Valladolid los días 30 y 31 de mayo.
En el programa se entrevistará a Marta Gómez-Serranillos, como miembro de la ACIMJI, y se establecerá una conexión en directo con el presidente de la Federación de Asociaciones RECONQUISTA, Mario Martos.

Recuerda: Sábado 24, a las 15,30 horas en Radio Intereconomía "Una hora en libertad".

14 may. 2014

CUENTOS PARA NO DORMIR







Andaba don Prudencio absorto en sus pensamientos mientras regaba distraídamente sus imponentes murcianas, orgullo del pequeño jardín al que dedicaba la mayor parte de su tiempo libre, que era mucho, desde que tres años atrás y tras 41 años cotizados, había pasado “a la reserva”, como a él le gustaba decir.
En realidad, no hay nada de reserva en la jubilación y sí mucho de nostalgia de los tiempos en que, cada mañanita y antes de saber si haría bueno o caería un chaparrón, la “chicharra” le ponía en pie y tras un café cargado, un afeitado rápido y un Ducados en el baño, se aprestaba con decisión  – unos días con más y otros con menos –  a poner la fuerza de sus dos brazos al servicio de su familia. Un beso robado a su esposa y una mirada fugaz a sus dos hijos siempre acompañada de una boba sonrisa, de esas que solo ponen los padres cuando nadie les mira… y al tajo.
Sí, Prudencio añoraba los tiempos en que era fuerte y capaz; tiempos duros, llenos de sinsabores y toros que lidiar, pero a los que a él siempre había puesto buena cara aunque más de dos veces los chuzos cayeron de punta.
Pero se merecía aquel jardín con sus murcianas. Y bignonias. Y buganvillas y jazmines. Y rosas. Aquel pequeño ático  – en realidad una vivienda de portería rehabilitada –  con los años había pasado de ser su pesadilla, a su solaz. En aquella vivienda, durante largos lustros compartida con el banco, había amado a su mujer, educado a sus hijos, cultivado sus plantas y visto extender sus arrugas y blanquear su cabello a la par que iba reduciéndose su compromiso con el dichoso TAE.
Gustaba don Prudencio de frecuentar a los ex compañeros a la hora del bocadillo, leer el Marca, echar una cabezadita antes de comer y tomar aperitivo con su santa. Aunque su afición secreta y con la que más disfrutaba, era la de dar de comer a las palomas. No en las plazas ni en los parques, no. Eso es cosa de viejos.
Gustaba de hacerlo en la tranquilidad de su ático, siempre a la misma hora y en compañía de sus nietos a los que aquella actividad, fascinaba. Las aves acudían puntuales a la cita y sin ninguna vergüenza, lo rodeaban mientras Prudencio abrazaba divertido a sus nietos en el centro del ulular.
No andaba sobrado de posibles; con la crisis, sus hijos estaban atravesando momentos difíciles y el arrimaba el hombro en la medida que podía. Tampoco necesitaba ya mucho para vivir y le bastaba con disponer de unas monedas para poder adquirir comida para “sus” palomas. Aquello le hacía sentir bien.
Un buen día, mientras disfrutaba entre sus murcianas, con el sol otoñal lamiendo sus piernas, oyó a su espalda un extraño ruido. De inmediato lo reconoció como un aleteo,  pero antes de girarse ya sabía que no correspondía al familiar barullo de sus invitadas habituales.
Allí , tras él, mirándole fijamente, instalada justo debajo del pararrayos, reconoció la figura de una gaviota.
No era de extrañar, al fin y al cabo, ver gaviotas en el interior de las ciudades; el litoral mediterráneo, tan maltratado, ha impulsado la necesidad de estas aves a aventurarse fuera de su hábitat para buscar el sustento que apenas ya puede ofrecerle el viejo y moribundo Mare Nostrum. Lo sorprendente era tener al alcance de los dedos a aquella gaviota, detenida en el tiempo como una estatua de sal.
Prudencio se levantó lentamente y dirigió sus pasos hacia la cocina, abrió la nevera y extrajo de un pellizco una esquirla del lenguado que su mujer iba a cocinarle  - de acuerdo a su dieta -  esa misma noche.
En el exterior, seria, inmóvil y con cierto aire de exigencia, permanecía la gaviota instalada justo debajo del pararrayos.
El viejo le lanzó el pellizco del lenguado que el ave cogió al vuelo  -nunca mejor dicho- y con el bocado en su pico, desapareció en lontananza.
“Sin duda, el revuelo que forman mis palomas cuando son alimentadas, ha llamado la atención de este bicho famélico y se ha dejado caer por aquí a ver que se cocina”, razonó prudentemente don Prudencio. Y con estos pensamientos en la mollera, acabó olvidando el asunto.
Al día siguiente, Prudencio andaba ordenando algunas ideas en su cabeza - privilegio de desocupados - mientras observaba a sus nietos lanzar grano de maíz a las torcaces. “Cuán curioso resulta esto de los nombres propios y qué extraña simbiosis mantienen con su propia generación. Prudencio quiso mi madre que me llamara; sin embargo a ella, Constancia le pusieron. Fernando e Isabel se llamaron mis abuelos y hasta recuerdo al bisabuelo Sisebuto. Yo elegí para mis hijos Libertad y Constitución y ahora mis nietos se llaman  Kevin, Vanessa (con dos eses) y Lorena”.   

Ensimismado en tales absurdos pensamientos, tardó en reparar en las caritas de terror que Kevin, Vanessa (con dos eses) y Lorenita tenían mientras se atenazaban a sus piernas; tan solo el brusco despegue de las palomas le devolvió a la realidad. Siguiendo la mirada de los ojos como platos de sus nietos descubrió, justo debajo del pararrayos, una bandada de gaviotas cuyo número era incapaz de precisar y que, inmóviles como estatuas de sal, le miraban fijamente.
Tras la sorpresa inicial y restando importancia al susto infantil, con los niños de la mano bajó a la pescadería y se hizo con dos kilos de boquerones frescos; de procedencia Mar del Norte y tipo de pesca, extractiva.
Recomponiendo la figura frente a la desafiante bandada, fue lanzando los pescaditos uno a uno, hasta que en el cucurucho de estraza solo quedó un hilillo de hielo y sangre. Los pájaros, uno tras otro, con el bocado en sus picos fueron desapareciendo en lontananza.
Al día siguiente y todos los demás días, Don Prudencio quedó esperando a que aquellas “sus” palomas volvieran.
Ya no lo hicieron jamás. Sabían algo que Prudencio aún ignoraba: aquel caladero había dejado de pertenecerles.
En cambio, las que ya nunca fallaron a aquel festín fueron las aves que habían migrado abandonando su hábitat, para irrumpir en el ático  –vivienda de portería rehabilitada – de don Prudencio.
No hay cuento sin moraleja y cada cual puede divertirse extrayendo la propia. ¿La mía? Permítanme que me la reserve. Pero sí les contaré la que extrajo el bueno de don Prudencio cuando se dio cuenta de que su mermado peculio no alcanzaba para alimentar con un boquerón diario a tantas gaviotas como acabaron llegando al pararrayos de su pequeño y cuidado jardín.
Y dice así :
“¿En qué momento mi gente pasó de nombrarse Constancia por Prudencio?.  ¿Cuándo dejamos de ser Isabel y Fernando. Y Pelayo y Sisebuto y Rodrigo, para ser conocidos con nombres de mascotas domésticas?”. 
Recordó que su generación había llamado a sus hijos por nombres estúpidos y rumiando que, de aquellos fangos estos lodos, se sonrojó de sí mismo al recordarse inscribiendo a su hija neonata con el nombre de Constitución.
Con aquellos pensamientos en su cabeza –privilegio de desocupados– y mirando de soslayo al nutrido grupo de gaviotas, se dijo a sí mismo:  “¡A un Rodrigo iban éstas a subírsele a la chepa!”

Y un segundo antes de cerrar de portazo, clavó su mirada en aquellas aves no convidadas, y serio e inmóvil como una estatua de sal, les espetó: “y a vosotras, que os de de comer vuestra puta madre”.
Colorín, colorado.

Victorio Chiricahua