Dedicado a Juan Ignacio: "Otoño en Madrid"

16 may. 2012

PRIMAVERA VALENCIANA - Presentación de la Asociación

"Sed conscientes de que lo que hoy escucháis aquí es una auténtica declaración de guerra."



Jorge García-Contell


Habéis escuchado a Josema Llácer que ambos compartimos ideales y banderas, aun sin conocernos, durante la primerísima Transición. Yo tenía entonces catorce años, tal vez una edad prematura para que un adolescente se inicie en la militancia política aunque difícilmente podremos juzgar hoy, cuando predomina la indiferencia suicida, el vértigo y la esperanza de aquellos años; la pasión y los anhelos de quienes los vivimos tan intensamente.
Muchos españoles de hace 35 años, como mínimo varios cientos de miles que así lo manifestaban con su voto, vieron cernirse sobre su Patria amenazas siniestras. Algunas decenas de miles lo manifestamos con nuestra afiliación a organizaciones políticas estigmatizadas por el nuevo Sistema que entonces comenzaba a forjarse. Y, por desgracia, nuestros pronósticos fueron cumpliéndose uno tras otro, con implacable frialdad. Sistemáticamente. Mecánicamente. Incluso, nuestras más pesimistas previsiones fueron superadas por una realidad aciaga.

Previmos, anunciamos y denunciamos que la monarquía liberal, encarnada en la Casa de Borbón, volvería a defraudar cuantas esperanzas depositaran en ella los españoles. Nuestro dictamen de aquel entonces, sinceramente, sólo se apoyaba  en el recuerdo de viejos reyes infames. En puridad, no pasaba de ser un prejuicio; no podíamos intuir qué nuevas cotas de ignominia, de bajeza y de traición iban a alcanzar los miembros de esa dinastía maldita.

Previmos, anunciamos y denunciamos que el Estado social – paternalista, sí; incompleto, sí; mejorable, sí - iba a ser desmantelado en beneficio del capitalismo salvaje. Y así fue, aunque no sospechábamos que en una emergencia como la presente los Estados concentrarían todos sus esfuerzos en salvar a la banca de su propia irresponsabilidad, para desentenderse al mismo tiempo que la miseria alcanza a cada vez más amplias capas de población.

Previmos, anunciamos y denunciamos que grandes grupos de interés, lobbies diversos y la mezquindad de las naciones de la Europa comunitaria pretendían desguazar nuestra capacidad productiva estratégica. Nuestro acceso al entonces llamado Mercado Común Europeo tenía el precio de acabar con nuestra agricultura, pesca, minería y siderurgia, además de reducir hasta casi la nada nuestras industrias ligera y pesada. Así sucedió, aunque no creímos que pretenderían imposibilitar la propia viabilidad económica de España, anular nuestra capacidad de sobrevivir en nuestra propia tierra.

Previmos anunciamos y denunciamos que la insolidaridad, consustancial  e intrínseca del liberalismo, socavaría los derechos laborales. ¿Recuerda alguien que la legislación laboral franquista establecía una indemnización por despido de 60 días por año trabajado, con un mínimo de seis meses y un máximo de sesenta? Pero aunque temíamos la devastación liberal no llegamos a imaginar entonces que contemplaríamos a una cuarta parte de los españoles sin trabajo, cinco millones de parados, mientras las centrales sindicales del sistema parecen no tener más preocupación que el respeto por la multiculturalidad. Nunca sospechamos que asistiríamos simultáneamente a ese 25% de desempleo, mientras 8 millones de extranjeros compiten, deslealmente, a la baja, con los españoles. Todo ello, ante la complacencia – el regocijo, diría yo – de los pseudosindicatos y la patronal que siguen reclamando cínicamente más y más asiáticos, más y más africanos.

Previmos anunciamos y denunciamos que se cedería al chantaje de los separatistas, que por aquel entonces carecían de verdadero arraigo en la sociedad, para recompensar su oposición al franquismo. Una oposición más mítica que real; nominal y bajo palabra de honor, pues el separatismo, los separatismos, aspiraban a comienzos del siglo XX, exactamente igual que a comienzos del siglo XXI, a construir oligarquías locales y ese separatismo aldeano y mezquino jamás supuso un problema grave para el franquismo. Antes bien, las burguesías regionales pretendieron servirse del Régimen para tejer sus madejas de intereses. Así fue, aunque no sospechamos entonces que en el proceso centrífugo llegaríamos hasta la desarticulación jurídico-política y administrativa del Estado e incluso a la erradicación de nuestra propia conciencia de identidad colectiva como españoles.

Previmos, anunciamos y denunciamos que la institución familiar, el núcleo social básico, estaba seriamente amenazado, como primer objetivo a batir por el mundialismo sin rostro y sin alma. Así fue, aunque no pensamos que la misma noción de familia sería subvertida, que el Código civil se alzaría contra la Ley Natural y se denominaría matrimonio a la unión contra natura de dos homosexuales. O que veríamos cada año casi igual número de divorcios que de matrimonios. O que nuestra natalidad caería en picado hasta abocarnos a la extinción como pueblo. O que la población española sería paulatinamente sustituida por masivos contingentes foráneos, mientras se estimulaba la contracepción y el aborto quirúrgico y químico.

Previmos, anunciamos y denunciamos que España, fascinada por aquel afán de la oligarquía dirigente de “homologarnos políticamente con los países de nuestro entorno”, acabaría sometida – más aun – a los intereses de los Estados Unidos de América. Así fue, aunque entonces no llegamos a barruntar que nuestro ejército, convertido en batiburrillo multicultural de tropas mercenarias, acabaría sirviendo de apoyo logístico en las guerras de agresión que los yanquis han desatado en Europa, Asia y África desde la implosión de Yugoslavia en los años 90 hasta la barbarie criminal desatada en Libia con el apoyo y sostenimiento de la OTAN.

Creo evidente que nuestra anticipación era más que notable. La lógica parece indicar que las fuerzas políticas dotadas de semejante clarividencia, capaces de adelantarse a los acontecimientos y de pronosticarlos con precisión, ganarían prestigio y respaldo crecientes entre la población. No fue así. Sería fácil atribuir enteramente las culpas del fracaso a la confabulación de todas las fuerzas políticas, empresariales y sindicales del Sistema. Sería fácil, pero sería sólo parcialmente cierto. También habría de hablarse de nuestra inadaptación al tiempo nuevo; de nuestra estrategia errada que nos llevó a confiar – ingenuamente - en una asonada militar que enderezase el rumbo. Habríamos de hablar de nuestras tácticas trasnochadas y de la pervivencia de modos, formas, métodos y terminología que nos alejaban de nuestro propio pueblo, al que deseábamos servir y al que amábamos con todas nuestras fuerzas. Muchos de nosotros hemos llegado a formar parte de distintas organizaciones políticas, tras los sucesivos naufragios en que unas y otras han ido desapareciendo. Y, a lo largo de estos años, sólo una circunstancia permanecía invariable en la militancia política nacional: cada nueva organización era más débil, más reducida y más inoperante que la anterior.

Hasta aquí hemos llegado. La tragedia que protagonizamos no es, nunca lo fue, la desaparición de unos partidos: jamás nos consideramos hombres de partido, nunca los apreciamos y siempre los consideramos artificiosos y superfluos. Lo verdaderamente dramático es la desaparición paulatina, más allá de las ideologías, del ideario nacional y social. Del compromiso irrevocable con el alma de la nación, con sus tradiciones, con su forma de entender el mundo y – al mismo tiempo – del propósito de construir una sociedad justa, donde el hombre no sea una pieza más del engranaje económico, el trabajo sea considerado título de nobleza y no mercadería, lo público y común prevalezcan sobre lo privado y particular, donde los españoles no sean juzgados por cuánto tienen, sino por el valor de su propia e intrínseca dignidad. Deseamos cantar, como el nicaragüense Rubén Darío:



Yo siempre fui, por alma y por cabeza,

español de conciencia obra y deseo,

y yo nada concibo y nada veo

sino español por mi naturaleza.



¿Qué hemos de hacer a partir de ahora? ¿Qué itinerario deseamos recorrer a medio y largo plazos?

1.    En primer lugar, aspiramos a constituir la Asociación In Memoriam Juan Ignacio en no menos de 15 provincias, alcanzando de esta forma una masa crítica imprescindible para su continuidad y operatividad futuras.

2.    Descartamos nuestra conversión en partido político. Creemos que dentro del área política llamada social-patriota, no estoy seguro que acertadamente, existen demasiadas organizaciones, demasiado pequeñas, demasiado inoperantes y demasiado enfrentadas entre sí. No es necesario que se constituya otra más, que sólo añadiría confusión, inoperancia y cainismo.

3.    Por el contrario, entendemos que si algún cometido podemos asumir en la vida pública, es el de colaborar – con suma modestia – a la difusión de un núcleo de ideas y valores, propios de nuestra concepción del mundo y la vida. Hemos aprendido del teórico comunista italiano Antonio Gramsci que la toma del poder no se lleva a cabo sólo mediante una insurrección política para apoderarse del Estado, sino mediante un largo trabajo ideológico en la sociedad civil que prepare previamente el terreno. No es posible la toma del poder político sin ocupar antes el poder cultural. Ejemplo paradigmático es la revolución francesa de 1789, sólo factible en la medida en que había sido preparada por una "revolución en los espíritus", por la difusión entre la aristocracia y la burguesía de las ideas iluministas difundidas desde las logias masónicas.

4.    Sin compartir necesariamente las raíces del pensamiento del filósofo francés Alain de Benoist, ni sus conclusiones, sí asumimos como propio un axioma que él define y que comparte con Gramsci: antes de producirse un cambio político, es necesario conseguir la hegemonía cultural, esto es, que las ideas a implantar sean aceptadas por los ciudadanos a través del ámbito cultural (medios de comunicación, películas, libros, música, teatro, y cualesquiera otras formas y manifestaciones culturales) antes de poder aplicarlas en el ámbito de la esfera política partidista.

5.    Así pues, nuestra tarea ha de desarrollarse no necesariamente al margen de la política, sino más allá de ella: en el terreno metapolítico, donde reclamamos como maestro y principal cultivador dentro de nuestra ecúmene cultural al filósofo argentino Alberto Buela. Urge la difusión entre este pueblo al que pertenecemos de otras nociones filosófico-políticas distintas de las sustentadas por el discurso cultural hoy dominante.



Queremos alumbrar ideas, no partidos. La Asociación In Memoriam Juan Ignacio quiere ofrecer a los partidos políticos y a las organizaciones sindicales ya existentes en el campo nacional fórmulas novedosas, iniciativas eficaces. A todos nos ofrecemos y a ninguno deseamos coartar. Deseamos colaborar y no imponer. Con toda seguridad, muchos de los presentes os estáis interrogando: “¿A qué organizaciones se  dirigirán,  a cuáles tenderán la mano?” Nosotros no vamos a poner más límites que los de la propia coherencia. No excluiremos a nadie, más que a quienes deseen autoexcluirse por su disparidad de cosmovisión respecto de la nuestra. Y os preguntaréis, “¿Qué medida, qué referencias tomarán para reconocer las básicas y mínimas coincidencias sobre las que construir la colaboración?

Permitidnos recurrir ahora al historiador y politólogo italiano Adriano Romualdi, prematura y trágicamente fallecido en el último cuarto del siglo XX. Evocando – aunque no citando ad pedem litteræ - sus célebres criterios de pertenencia al área política, afirmaremos nuestra coincidencia: 

1.    Con quienes, en primer lugar, reconocen el carácter subversivo de los movimientos nacidos de la revolución francesa, ya sean éstos el liberalismo, la democracia o el socialismo.

2.    Con quienes, en segundo lugar, comprenden la naturaleza decadente de los mitos racionalistas, progresistas y materialistas sobre los que se edifica la civilización plebeya, el reino de la cantidad y la tiranía de la masa anónima.

3.    Con quienes, en tercer lugar, conciben el Estado como una totalidad orgánica donde los valores políticos han de dominar sobre las estructuras económicas y donde el dicho «a cada uno según su valía» no significa igualdad, sino una equitativa desigualdad cualitativa.

4.    Con quienes, por último, aceptan como propia la espiritualidad aristocrática, religiosa y guerrera que ha caracterizado a la civilización europea y aceptan, en nombre de la civilización cristiana y sus valores, la lucha contra la decadencia de Europa.

Sed conscientes de que lo que hoy escucháis aquí es una auténtica declaración de guerra. Guerra contra la muerte de nuestra civilización, guerra contra el mundialismo, guerra contra la dominación de nuestro pueblo por los señores del oro y la usura. Sabed que hoy, aquí y ahora, declaramos formalmente el inicio de hostilidades contra aquellos que nos despojaron de nuestro tejido productivo y ahora nos entregan maniatados a la tiranía de la banca internacional. Declaramos guerra sin cuartel, guerra a muerte contra los que usan y se sirven del trabajo como mera mercancía y de los hombres como siervos. Guerra contra quienes niegan nuestra identidad, porque odian todas las identidades, porque aspiran a la fácil sumisión de las microidentidades como paso previo a la igualación y homogeneización de los pueblos y las naciones.

Sabed que desde hoy, desde este momento, hay un puesto para vosotros, para cada uno de vosotros, para todos aquellos disidentes, para los insumisos y rebeldes, para los que afirmáis que el futuro será escrito desde el espíritu elevado y no desde el instinto abyecto. Cada cual tendrá un puesto de combate, una misión que cumplir. Nadie quedará al margen y todos, todos los  españoles dignos de tal nombre que anhelen batirse por la Patria y la Justicia, recibirán encuadramiento y las armas adecuadas a su condición.

            Pero aquellos, que desoigan la angustiosa llamada de su Patria; quienes rehúyan cumplir con su deber, no ya de españoles, sino simplemente de hombres y mujeres de bien, ¡apártense para siempre de nuestro camino y de nuestras vidas! No podemos exigiros que abandonéis la comodidad, comodidad suicida, de la inacción, de la pasividad, del conformismo. No podemos evitar que prefiráis morir de tranquilidad y aburrimiento pero os pedimos un favor, sólo un favor: dejad de lloriquear, dejar de darnos palmaditas en la espalda, apartaos para siempre y olvidadnos.


Españoles: ¡alzaos! ¡En pie, orgullosos y altivos, para merecer el nombre de hijos de cuantos nos precedieron en la construcción de una Patria que llevó la luz de la civilización hasta los confines del mundo! Hoy nos hemos congregado bajo la efigie de Vicente Doménech, “el Palleter”, aquel valenciano grandioso, aquel patriota admirable que en mayo de 1808 proclamó abiertamente su rebeldía frente a la humillación y la dominación extranjera. Él inició la revuelta del pueblo valenciano contra Napoleón Bonaparte. Su ejemplo sublime y su memoria nos convocan, también nosotros, a desafiar la pasividad y retar a los tiranos. Con fe en la victoria, cantemos aquella estrofa de la imperecedera “Oda al 2 de mayo” de Bernardo López:



¡Guerra! clamó ante el altar

el sacerdote con ira;

¡guerra! repitió la lira

con indómito cantar:

¡guerra! gritó al despertar

el pueblo que al mundo aterra;

y cuando en hispana tierra

pasos extraños se oyeron,

hasta las tumbas se abrieron

gritando: ¡Venganza y guerra!


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