Dedicado a Juan Ignacio: "Otoño en Madrid"

18 dic. 2011

HISTORIA DE UN MILAGRO. Crónica de una marcha, por un ateo.


Las siete de la mañana, suena el despertador. Aunque ha sido imposible conciliar el sueño, los nervios ante la responsabilidad adquirida y un viento endemoniado durante toda la noche en Valencia – como negro presagio de lo que se avecinaba – han convertido la noche en un tenso duermevela.
A las 8 me recogen los camaradas, los de siempre, los leales y emprendemos camino hacia Madrid. Apenas hemos andado unos kilómetros con el coche dando bandazos por la carretera cuando el teléfono ya nos confirma la primera baja y nos pone en antecedentes de lo que vamos a encontrar en la capital. Un camarada valenciano tiene que acudir urgentemente a arreglar desperfectos que el temporal ha producido en su propiedad y de paso nos alerta, “fuertes vientos y lluvia en Madrid para la hora de la marcha”.
Aire y agua, ¿mayor enemigo para un cortejo con antorchas?
El trabajo realizado durante tanto tiempo, dinero invertido, pero sobre todo, las ingentes cantidades de ilusión de muchas personas puestas en este acto, nos producen esa sensación de impotencia ante lo que no se puede prever y menos aun controlar.
Nueva llamada: Maricruz confirma que la madre de Juan Ignacio estará en la misa; es una persona entrañable, pero es mayor y muy impresionable, por lo que queda desaconsejado enarbolar banderas, encender antorchas y en definitiva, preparar los prolegómenos de la marcha hasta que ella haya abandonado el escenario.
Entrando en Madrid nos recibe la lluvia, solo es un calabobos, pero un aire violento y gélido nos la escupe en el rostro. Nos vamos reuniendo poco a poco todos los camaradas de organización en el hotel: de Orense, de Oviedo, de Madrid, de Valencia, de Barcelona. . . la cara de todos es un poema, “estamos jodidos”.
Comida y reunión, todos a una, boia chi molla, ni hablar de suspender; un repaso al discurso que se quedará en arenga, no lo hagamos demasiado largo, un solo orador. Eso sí, palabras directas, combativas, somos lo que somos, nada de hermosos discursos patrióticos carentes de contenido. Que sea breve, pero intenso; en nuestro estilo.
Las siete de la tarde, hora de salir. La lluvia arrecia, llegando a Lagasca el chirimiri alcanza proporciones de tormenta. Cuatro gatos en la iglesia , el coche con el material atrapado en un atasco , la cana poniendo problemas ya ¡y aun no sabemos si vamos a salir!. Llega nuestro jefe de seguridad con la madre de Juan; ya en ese momento, literalmente diluvia.
La sensación de caos, va dejando paso a un regusto de fracaso y ni el consuelo de haber hecho todo bien, pero “con esto no contábamos”,  nos puede valer.
Todos, desde el responsable de la marcha – que grande eres Canta - , pasando por el responsable de seguridad – que grande eres Dalmau – hasta el coordinador del desfile – que grande eres Casta – esperan instrucciones.
¿Qué hacemos?. Con esta agua las antorchas se apagarán, suponiendo que pudiéramos encenderlas con este aire.
De repente, la gente empieza a abarrotar la puerta de la iglesia buscando cobijo, la misa ha terminado. Hay que sacar a la mamá de Juan. Cuando sale la señora arropada por los más próximos, se abre un pasillo, cesan los murmullos y tras unos segundos de eterno silencio, mientras comienza a descender las escaleras, todo el mundo irrumpe en aplausos. Nunca, por mil años que viviera, lo podré olvidar. Y supongo que ella  tampoco lo olvidará.
Y en ese momento, justamente en ese momento, en que todos habíamos dejado de mirar al cielo para clavar nuestro ojos en la cara de aquella menuda mujer, dejó de llover.
Fue como si el cielo se hubiera abierto durante todo el día para llorar por el mejor de sus hijos y, magnánimamente, se hubiera apiadado en el momento justo de los que no estamos dispuestos a olvidarlo.
En breves minutos se armaron las banderas, se encendieron – aun húmedas – las teas, se organizaron las filas, se colocó la pancarta al frente de un cortejo muy apretado (si hubiéramos alargados las filas aun estaríamos desfilando, ¿de dónde salió tanta gente?) y comenzó a sonar un tambor . . .
La policía cortó calles y cruces, los vecinos se asomaban a las ventanas sorprendidos por aquel espectáculo inédito que se desarrollaba ante sus ojos, el silencio impresionante, amplificado por las brillantes llamas de las antorchas y el flamear de las banderas al viento, antes enemigo y ahora aliado. Algún paseante preguntó, ¿por quién es el duelo?.
Por nuestro camarada asesinado.

Juan Antonio López Larrea