Dedicado a Juan Ignacio: "Otoño en Madrid"

17 nov. 2011

El día que Muguruza dejó de fumar



Una furgoneta aparcada tres días consecutivos en la mismísima puerta de un hotel donde se realizaban unas jornadas de disidentes, con distintos ocupantes cada día -nosotros también somos aficionados a la fotografía- despertaba la sonrisa socarrona de los que por allí estuvimos y nos trasladaba a uno de los temas recurrentes en nuestro pequeño mundo, la cana y los infiltrados.
La infiltración en los grupos ultras es un hecho lógico, el sistema se defiende de sus enemigos y disfruta de todos los medios que la sociedad, vía impuestos, pone a su disposición.
Un funcionario de policía no tiene por qué ser necesariamente un mercenario, de hecho, la mayoría no lo son.
Pero normalmente la inmensa mayoría de los seleccionados para los “servicios secretos” suelen estar desprovistos de escrúpulos y siempre tienen más interés en cumplir con las ordenes del gran hermano que con las que su juramento lleva implícito; y así nos encontramos con curiosidades bochornosas como “el faisán” en el que unos policías advierten a los terroristas de la inmediata detención por parte de otros policías que sí estaban más atentos a sus obligaciones para con su pueblo, que con las que marcaba la estrategia política.
Desde los tiempos de Carrero y su servicio de información, al que se le llamaba genéricamente “Presidencia” hasta hoy en día, la infiltración por parte del Estado en los grupos patriotas ha sido un juego de niños para éste.
En el primer lustro de los 70, “Presidencia”  solía mandar al País Vasco a actuar contra objetivos perfectamente localizados a militantes falangistas que se dirigían desde Madrid a cuarteles de la Guardia Civil, donde ya el comandante de puesto estaba al corriente de las ordenes y facilitaba “los medios” .
Fue el comienzo de una guerra sucia contra ETA que todos los gobiernos posteriores mantuvieron de una u otra manera y que el PSOE convirtió en un esperpento con el GAL de Amedo y Domínguez, aunque sería más correcto de decir de Vera, Barrionuevo y de quien este señor, a la sazón ministro de interior, recibiera las órdenes.
Algunos de aquellos altruistas falangistas, adscritos pero sin nómina ni recompensa personal, fueron lamentablemente utilizados en el conocido como “caso Atocha”, sirviendo de chivo expiatorio a una muy bien organizada campaña para legalizar al PCE.
En estas fechas podemos situar lo que muy certeramente el camarada Martín Ynestrillas ha dado en llamar “la transición de plomo”. Y aquí es donde podemos dar por inaugurada oficialmente la declaración de los fascistas como nuevos enemigos del Estado y donde comienza oficialmente la infiltración, o bien de chotas o directamente policial.
Se abría la veda.
Nadie se ha librado históricamente de este seguimiento; recuerdo por ejemplo que en el consejo editorial de Fuerza Nueva estuvo muchos años, escribiendo bajo pseudónimo, uno de los elementos que más información filtró y que más daño hizo tanto a nuestras ideas como a muchos camaradas.
El asesinato de Juan Ignacio González (falangista y “viajero” de los de aquel primer lustro), secretario nacional de la organización Frente de la Juventud, se enmarcaría posiblemente en la anteriormente citada guerra sucia contra ETA, como molesto nexo de unión entre los “servicios secretos” del Estado y un comando “ultra” que debería equilibrar adecuadamente la balanza de muertos, para rebajar un poco el molesto ruido de sables. Y de paso hacer ver a los etarras que su santuario francés les protegía tan solo “oficialmente”.
Tampoco es descartable que se pretendiera utilizar de alguna manera a la ultra en la pantomima que fue el 23-F, al fin y al cabo, todos sabemos que un golpe de estado no tiene por qué ser necesariamente llevado a cabo por el ejército, tenemos buenos ejemplos en los últimos años del franquismo (con el Caudillo enfermo y traicionado por sus más próximos), en el magnicidio en la persona del almirante Carrero o en la autoinmolación de las cortes franquistas tras el juramento del nuevo rey. Y más recientemente, las bombas en los trenes de los supuestos islamistas ha dejado un nauseabundo olor a goma quemada de alguno que se pasó de frenada.
La discreta furgoneta que nos inmortalizaba hace unos días en las jornadas disidentes, provocaba en nosotros el chiste fácil, “si nos tenéis a todos en Facebook, capullos",  pero a mí me trajo a la memoria la conversación que tuve hace unos años con un periodista vasco, especialista en el “entorno abertzale“.
Me decía este señor -y es de los bien informados- que para ETA hay un antes y un después del día en el que Muguruza dejó de fumar.
Antes de aquel día, ETA asumía que tenía como único enemigo al Estado español y a las fuerzas de seguridad de éste como su brazo armado. A los fachas apenas nos consideraba como cipayos ocasionales de los primeros y nos situaban muy certeramente en unas fuerzas manipulables y controladas en todo momento por el aparato policial.
La noche de la mala digestión de los batasunos, propiciada por el inolvidable Ángel Duce, todo aquello se les vino abajo.
Descubrieron que por mucho que consiguieran la rendición del Estado -algo impensable en aquellas fechas y a punto de hacerse realidad actualmente- siempre tendrían enfrente a dos grupos de irreductibles que, por no seguir criterios políticos sino de valores y sentimientos, jamás les darían tregua: las víctimas y los patriotas.
Ni olvido ni perdón, es el grito de guerra. Y es contundente.
Muchos gudaris se despiertan con las sábanas mojadas; ¿su pesadilla? el día en que Muguruza cayó fulminado.
La certeza por parte del Estado, gobierne quien gobierne, de que esto es así, hace que la vigilancia y la infiltración entre los patriotas no solo no se haya descuidado, sino que va “in crescendo” y más a la vista de la deriva que están tomando los acontecimientos en el País Vasco.
Los políticos etarras exigen “garantías de salud” para sus presos cuando -éste es un hecho firmado- sean excarcelados.
El sistema no podría asumir que se produjera una fuerza igual pero de sentido contrario ante la aberración histórica que han negociado.
La vigilancia y la infiltración, secularmente presente en nuestras filas, va a ser prioridad para  los “servicios secretos”.
El Estado abrirá sus cloacas para intentar dar un golpe definitivo a los patriotas.
¿Lo conseguirán?   Mmmmmmmmmmm, antes Muguruza vuelve a fumar.
Y va a ser que no.


Juan Antonio López Larrea